EN OPINIóN DE

J. Jesús Esquivel

La confidente. Condoleezza Rice y la creación del legado de Bush

La “hermana” ponderosa (Proceso 1612/23 de septiembre de 2007)

“La señorita Rice es como mi hermana”, declaró el presidente George W. Bush en 2004, con lo que mostró la confianza que tenía en Condoleezza Rice, entonces su asesora en Seguridad Nacional. Y refrendó su apoyo en enero del siguiente año al nombrarla secretaria de Estado. Por esas fechas se mencionó, inclusive, que la afroestadunidense de 53 años podría llegar a la Casa Blanca. Pero su ascenso quedó opacado cuando se descubrieron sus errores diplomáticos en Irak, en Irán y en el conflicto palestino-israelí. De todo esto habla el periodista Glenn Kessler en su libro La confidente. Condoleezza Rice y la creación del legado de Bush, que acaba de entrar en circulación en Estados Unidos.

WASHINGTON.- “Su inexperiencia y sus errores han cambiado al mundo.”

En el prólogo de La confidente. Condoleezza Rice y la creación del legado de Bush, Glenn Kessler sintetiza así el trabajo de esta afroestadunidense que ha ocupado cargos de gran relevancia en la administración Bush, primero como jefa del Consejo de Seguridad Nacional y desde el 26 de enero de 2005 como secretaria de Estado.

Según Kessler, reportero de asuntos diplomáticos del diario The Washington Post, Rice “cree que se olvidarán los errores del gobierno de Bush si los historiadores aceptan la transformación del Medio Oriente como consecuencia de la política exterior del mandatario republicano”.

Puesto en circulación por la editorial Saint Martin Press New York a finales de agosto, el volumen, que consta de 10 capítulos y 288 páginas, menciona que Rice ha ido cayendo con estrépito en el desprestigio junto con su jefe, el presidente Bush, como resultado del desastre que implica el caso Irak y también como consecuencia de las políticas imperialistas de Washington que ella ayudó a formular e instrumentar en los últimos seis años y medio.

Kessler centra su análisis en Rice como responsable de la Secretaría de Estado, cargo en el que sustituyó a Colin Powell. Si bien la presenta como una mujer preocupada por demostrar su independencia de la Casa Blanca para ejercer la política exterior, también explica que es indecisa y se desentiende de los asuntos mundiales que no caben en sus propósitos personales.

El autor tituló su libro La confidente para señalar que Rice es una de las personas profesional y personalmente más allegadas al presidente Bush; incluso empieza mencionando los errores de la secretaria de Estado que por su inexperiencia ha puesto al mundo al borde de una guerra mundial.

Enumera: “La invasión a Irak, las oportunidades perdidas de involucrar a Irán en negociaciones para detener sus ambiciones nucleares, el camino equivocado que tomó en las relaciones con Europa, la fabricación de armas nucleares en Corea del Norte, la creación de prisiones secretas en Europa por parte de la CIA y el odio entre los árabes contra Estados Unidos ante la percepción de un favoritismo a Israel en el conflicto con los palestinos son los problemas que resultaron directamente de las decisiones que ella ayudó a tomar en la Casa Blanca”.

En sus primeras tres semanas, La confidente se colocó inmediatamente en la lista de los libros más vendidos en Estados Unidos, sobre todo por los pasajes reveladores de la personalidad de Rice, a quien durante los primeros cuatro años del gobierno de Bush se le consideró seriamente como una potencial aspirante a la presidencia. Sin embargo, la estrella de esta mujer de 53 años se opacó conforme se conocieron las mentiras, trucos y violaciones a las leyes nacionales e internacionales en las que incurrieron Bush y su gabinete para intentar justificar la invasión unilateral a Irak.

“Poca gente la conoce. Condoleezza Rice inspira una intensa lealtad entre sus colaboradores más cercanos y amigos, pero ella es muy reservada. Ha construido un muro a su alrededor que casi nunca ha sido traspasado”, destaca La confidente.

El volumen incluye también una anécdota que Coit D. Blacker y Randy Bean, dos de los amigos de Rice, le contaron a Kess-ler: “Después de que se convirtió en secretaria de Estado, ella vino a una fiesta que se realizó en la casa de Blacker. Se quitó los zapatos y comenzó a bailar rock and roll toda la noche. Blacker, quien es homosexual, le quería demostrar a su compañero cuán apretado tiene Rice el trasero. Blacker aseguró que si aventaba una moneda de 25 centavos contra el trasero de Rice ésta rebotaría como si fuera un cohete. Blacker tenía razón. Rice, quien seguía bailando, no se dio cuenta de lo que había hecho su amigo hasta que observó que todos se carcajeaban. Rice se sintió avergonzada pero al mismo tiempo orgullosa”.

Los descalabros

Al dejar el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca para convertirse en secretaria de Estado, Rice se propuso superar a su antecesor en este cargo, Colin Powell, en las labores diplomáticas, así como intentar deslindarse poco a poco del desastre de Irak y establecer como su legado personal la firma de un acuerdo de paz definitivo entre Israel y los palestinos. Los demás temas mundiales no le interesan, según Kessler.

“La explicación más caritativa que se hace de los cambios (en la personalidad) de Rice dice que ella no es una feligresa casual de la religión presbiteriana, sino que es una calvinista. Ella cree profundamente en la noción de la predeterminación; es decir, que una persona puede que no tenga acceso a los planes de Dios, pero que Dios tiene un plan para cada persona y que ese plan será lentamente revelado a cada uno”, subraya el autor de La confidente.

En cada capítulo, el reportero de The Wa-shington Post insiste en que Rice sabe aprovechar su cercanía con el presidente Bush para intimidar a jefes de Estado y de gobierno de todo el mundo. Y al parecer el mandatario le corresponde. “La señorita Rice es como mi hermana”, respondió Bush a un reportero francés en 2004.

Acostumbrada a los halagos, Rice formó en el Departamento de Estado a un equipo de diplomáticos profesionales que en un principio dieron la impresión de que la funcionaria se proponía reparar los daños que causó la política exterior de Bush de 2001 a 2004, pero pronto se supo que esa no era la intención de la secretaria de Estado.

Escribe Kessler: “Rice comenzó a mostrar un enorme desinterés por todos los temas que no estuvieran relacionados con el conflicto entre palestinos e israelíes. Otros temas relevantes, como restablecer pláticas diplomáticas para el desarme nuclear de Corea del Norte e Irán, Rice se los relegó a sus subordinados y todo terminó en fracasos”.

Rice no contaba con que durante sus primeros dos años al frente de la diplomacia estadunidense se descubrirían las mentiras y violaciones que ella ayudó a instrumentar en la Casa Blanca, como la invasión a Irak y la guerra contra el terrorismo internacional en respuesta a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

En diciembre de 2005 Rice realizó una gira por Europa que tenía como gran objetivo restaurar las relaciones con la nueva canciller de Alemania, Angela Merkel, luego de que durante el gobierno de su predecesor, Gerhard Schroeder, se tensaron las relaciones de Washington con Berlín por la oposición alemana a la invasión de Estados Unidos a Irak.

Horas antes de que Rice pusiera un pie en Europa, The Washington Post informó que a través de la CIA el gobierno de Bush, en flagrante violación a la Convención de Ginebra sobre derechos humanos y prisioneros de guerra, estaba arrestando a presuntos terroristas en el extranjero. El artículo explicaba que los detenidos eran enviados a centros de reclusión clandestinos instalados en países europeos, donde eran sometidos a todo tipo de vejaciones, incluida la tortura.

Ese asunto, anota Kessler, fue una frustración más para las aspiraciones de Rice. “Ella quería demostrarle al vicepresidente Dick Cheney y a otros integrantes de la administración Bush que, a diferencia de Powell, ella tenía la determinación de ser una ferviente defensora pública de las políticas de Estados Unidos; aun cuando ella misma luchó por hacerle unos cambios a esas políticas... lo de las prisiones secretas de la CIA le estropeó su cometido”.

Ante la presión y el escándalo que provocó en Europa el artículo de The Washington Post sobre las prisiones clandestinas –ningún gobierno europeo quería aparecer como aliado de Washington en violaciones a las convenciones internacionales de Ginebra–, Rice intentó justificarse y declaró, durante una gira por Rumania, que Estados Unidos no torturaba ni cometía violaciones a los derechos humanos.

Sin embargo, Cheney, uno de los enemigos de Rice dentro de la Casa Blanca, convenció posteriormente al presidente Bush para que éste explicara al público que el programa de las prisiones clandestinas de la CIA en Europa era un éxito para Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo. Eso irritó a Rice. Luego, en abril de 2007, la CIA admitió que había restablecido el programa de arrestos en el extranjero.

El sueño de Rice de ser recordada en los libros de la historia como la mujer que logró la paz entre palestinos e israelíes sufrió un descalabro gracias a las mismas ideologías políticas con las que ella impregnó a la política exterior estadunidense en los primeros cuatro años de la presidencia de Bush: la democratización de Oriente Medio.

Las claves de Rice

En La confidente, Kessler explica que, desde que llegó a la Secretaría de Estado, por instrucción directa del presidente Bush, Rice se dedicó a presionar al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, para que promoviera elecciones parlamentarias abiertas donde participara incluso Hamas, considerado por Washington como un grupo terrorista.

Esa encomienda tenía como propósito demostrar al mundo árabe que grupos radicales como Hamas eran rechazados por los propios palestinos y que la idea de la democracia que Bush comenzó a instalar en el Medio Oriente, con Irak como primer paso, sería la clave para la paz y el desarrollo democrático de la región.

Ariel Sharon, el entonces primer ministro de Israel, fue uno de los primeros en advertirle a Rice sobre los riesgos que implicaba la participación de Hamas en las elecciones parlamentarias, pues dicho grupo cobraba fuerza, mientras que los palestinos se mostraban cansados ya por la corrupción de los líderes de Fatah, la agrupación política de Abbas fundada por Yasser Arafat.

Acota Kessler: “Rice no hizo caso y pensó que las políticas de Bush, con una clara inclinación de favoritismo por los ideales de Israel sobre los territorios ocupados, no iban a tener un efecto secundario y negativo en el destino y futuro del grupo político comandado por Abbas… error injustificable y de desconocimiento de la historia del conflicto palestino”.

Las elecciones parlamentarias palestinas se celebraron el 25 de enero de 2006 y “Rice no podía creer ni aceptar el triunfo de Hamas, sobre todo porque se dio cuenta de su error por no haber escuchado las advertencias que le hicieron sobre el asunto… Resignada, habló con Bush y ambos acordaron que no podían contradecir a su propio credo político de imponer a la democracia por encima de todo… decidieron declarar que los comicios fueron libres y justos”, subraya en La confidente.

En el capítulo dedicado al Medio Oriente, Kessler asegura que Rice quedó tan decepcionada del triunfo electoral de Hamas, que descuidó de nueva cuenta el proceso de pacificación entre israelíes y palestinos, que difícilmente podrá ser concretado en el año y medio que le resta a la presidencia de Bush.

Los errores de la política exterior de Bush en temas del Oriente Medio, pero sobre todo por el fracaso en Irak, exacerbaron la mala percepción entre la población árabe hacia los funcionarios estadunidenses. Rice no fue la excepción.

Además, de acuerdo con Kessler, las críticas contra la otrora todopoderosa asesora del presidente de Estados Unidos se han intensificado y ahora abarcan su vida privada. Incluso su soltería ha sido usada para denostarla.

“La falta de una compañía del sexo masculino en la vida de Rice y su escalada a los niveles del poder han resultado en horribles ataques sobre su sexualidad, ataques que nunca se harían para el caso de un hombre soltero”, relata en La confidente.

Y añade: “Boondocks, la serie sindicada de tiras y sátiras cómicas de un canal de televisión en Estados Unidos, señaló en una ocasión que si en el mundo de Condoleezza hubiera un hombre a quien ella verdaderamente amara, ella no estaría tan endiabladamente empecinada en destruir al propio mundo”.

Más: “Un político ruso crudamente declaró que las tensiones mundiales declinarían si Rice tuviera un hombre que la satisficiera (sexualmente), mejor dicho, si lo hiciera toda una barraca llena de hombres.

“En 2006 se estrenó en Egipto la película La noche de la caída de Bagdad, la cual tuvo mucho éxito, en la que hay una escena de fantasía sexual durante la cual uno de los personajes principales del filme queda impotente después de haberse acostado con Rice.”

El reto de Condoleezza, de acuerdo con el autor de La confidente, es demostrarle a los estadunidenses que aun cuando el mundo entero busca alejarse y deslindarse de las políticas de Bush, ella, con todos los pros y contras de su personalidad, tiene el carisma y la influencia necesarias para restaurar la maltrecha política exterior de Estados Unidos durante el tiempo que le resta como jefa de la diplomacia de su país.

Publicado: 15/09/2007