EN OPINIóN DE

Jorge Carrasco Araizaga

Invertebrados

México, D.F., (apro).- Un presidente que no acaba de legitimarse, una oposición desarticulada y una difícil recuperación del salto hacia atrás en la democratización que significó la elección presidencial del 2006, es lo que un año después México saca en cuenta de aquel proceso.

Nadie tiene nada qué celebrar. Felipe Calderón apenas y se reunirá con los panistas a puerta cerrada en la sede nacional del PAN. López Obrador, aun con la concentración en el Zócalo de la Ciudad de México, tampoco tendrá mucho qué mostrar de su consolidación como “presidente legítimo”.

Aunque no se encuentra en los extremos del 2 de julio, el PRI es el que menos puede salir a demostrar que ha cambiado desde entonces. No sólo porque fue el gran perdedor de las elecciones presidenciales con su candidato Roberto Madrazo, sino porque continúa en su largo proceso de descomposición.

En todo este año, la agenda nacional ha estado dominada, en buena medida, por los escándalos de los gobiernos priistas, como el de Puebla y el de Oaxaca, además de la represión policial y de violación a los derechos humanos en San Salvador Atenco, aunque en ese caso, como en el oaxaqueño, la responsabilidad fue compartida con el gobierno de Vicente Fox.

Mario Marín, el “gober precioso” de Puebla y Ulises Ruiz, el viejo operador electoral del PRI, señor de Oaxaca, son la muestra del caciquismo político autoritario que se resiste a desaparecer y dar paso a la división y equilibrio de poderes.

Las instituciones electorales tampoco se han recuperado del descrédito al que las sometieron Vicente Fox y el presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde, y su Consejo General. Pero también, los anteriores magistrados de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que con un simple dictamen administrativo y no una resolución judicial avalaron el dudoso triunfo de Calderón.

Los primeros meses de ejercicio de poder han sido insuficientes para que Calderón empezara a construir su legitimidad social más allá del uso y abuso del aparato propagandístico.

Ni siquiera los esperados golpes de timón han surgido. Hasta ahora, dejó ir a los Bribiesca y a cualquier responsable los ominosos actos de corrupción del gobierno de Fox.

En políticas públicas lo único que puede demostrar es al Ejército y las medallas que se va colgando en abusos de derechos humanos en la “guerra” en que Calderón lo llevó contra el narcotráfico.

Fuera del secretario de la Defensa Nacional, el general de división Guillermo Galván Galván, o la presencia coyuntural del secretario de Hacienda, Agustín Carstens, su gabinete no se nota. Parece el verdadero gabinete en la sombra. Y si ése es de sombra, el de López Obrador es inexistente.

Más allá de reacciones puntuales, “el gabinete legítimo” ha sido incapaz de demostrar cómo administraría la cosa pública.

Peor aún, su relación con los legisladores del Frente Amplio Progresista es más bien de confrontación y división, aun con los saldos de la campaña y las acciones de protesta sostenidas por meses por López Obrador.

El filósofo español José Ortega y Gasset publicó en 1921 el libro España invertebrada, en el que da cuenta del secular proceso de descomposición del imperio español y que derivó en la dictadura de cuatro décadas del general Francisco Franco.

Por cierto, los herederos del franquismo agrupados en el Partido Popular son ahora los socios del PAN en su propósito de control político de la derecha en Iberoamérica.

El propósito manifiesto de Ortega y Gasset con ese libro fue el de “definir la grave enfermedad que España sufre”. España superó esa etapa y hace tres décadas, a pesar de todo, se encuentra en un proceso de modernización política y económica.

No es el caso de México. Por ahora, en el horizonte no se ve nada que pueda vertebrar al país, darle consistencia, organización y cohesión. Nadie tiene nada qué celebrar. (29 de junio de 2007)

Publicado: 02/07/2007